Aún hoy nos damos el lujo de decidir si nuestro proyecto, producto o servicio tienen en cuenta al entorno, pero en cuestión de unos años más no tendremos la oportunidad de tomar esa decisión, pues la falta de recursos nos obligará a diseñar todo de una manera sostenible.

Durante los últimos años hemos venido escuchando a muchas empresas y ONG hablar de los ‘negocios verdes’, de la ‘tecnología verde’ o de los ‘emprendedores verdes’ y de seguro nos hemos preguntado a lo que se refieren con exactitud.

Los nuevos activistas ambientales son ahora los emprendedores, que crean alternativas ingeniosas a cosas tan cotidianas y contaminantes como los inodoros o el transporte.

El movimiento que durante años ha trabajado en lograr que todos nosotros y toda nuestra cadena productiva, tenga en cuenta las variables ambientales, ha ido mutando para lograr que el mensaje le llegue cada vez a más personas.

Por alguna razón, la motivación de lograr que las personas seamos conscientes que lo que hacemos y consumimos, afecta la capacidad que tiene el planeta para sostenernos, no fue suficiente. Igual seguimos consumiendo como si las cosas no tuviesen fin.

El giro más reciente cambio el ‘regaño’ por la ‘conveniencia’, se trata de mostrarle a los negocios que ser eco-sostenibles los hace más económicos en el largo plazo, además de generar beneficios tangibles a la hora de las decisiones de compra de los consumidores.

Hay esquemas que aplican a todo nivel, se premia a las empresas que limpian el agua que usan en sus esquemas productivos, de forma que cuando la vierten de nuevo a los cauces no mate los ríos, o por ejemplo se crea legislación que permita venderle a la red eléctrica los excedentes que se generen de tener en mi casa mi propio sistema de generación de electricidad.

La opción de lograr que quienes piensan en nuevos esquemas de negocios, tengan en cuenta en sus diseños la ecología, porque pueden contabilizarlo en dinero, ha persuadido a muchos que de otra forma no lo habían pensado.

Al final es un trabajo conjunto entre el estado, la academia y la empresa privada, pues debemos entender que quedarnos sin planeta no es buen negocio y por bajar uno o dos dólares de costos no podemos crear procesos que acaben con el lugar donde vivimos, ese es realmente el peor negocio posible.