Las heridas más difíciles de curar a los niños desplazados iraquíes no son las que se pueden ver en sus cuerpos, sino las ocultas en sus almas. No obstante, varias personas y organizaciones humanitarias han hallado una medicina: el arte.

A través de clases de pintura, música, teatro, lectura y escritura, un grupo de personas, el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y otras organizaciones locales intentan borrar de sus cabezas los recuerdos de la guerra y las consecuencias de su huida.

‘Al principio, juntaba a algunos niños en mi tienda de campaña, donde les enseñé a pintar, a leer y a escribir’, manifiesta Aliaa Ibrahim, una profesora de pintura desplazada en el campamento de Abu Graib, a dos kilómetros al oeste de la capital, Bagdad. Luego, la afluencia era tan grande, que Aliaa decidió establecer una tienda de campaña solo para las clases, gracias al permiso de la dirección del campo de desplazados.

‘A un grupo de personas de zonas próximas, que acudieron un día a repartir ayuda a los desplazados, les gustó la idea y decidieron ayudarme con lápices, colores, cuadernos y algunos regalos para los niños’, continúa.

El boca a boca hizo el resto. El número de estudiantes comenzó a crecer gradualmente, por lo que Aliaa tuvo que recurrir a otras desplazadas del campamento con títulos académicos para que la ayudaran en las clases.

La profesora considera que el proyecto que lleva a cabo junto con sus compañeras, a pesar de no alcanzar al gran número de desplazados que existen, es un paso en el camino correcto para rehabilitar a los niños y sacarles del círculo de la violencia. Por el momento, Aliaa financia sus clases con una subvención de una organización que se ocupa de asuntos infantiles, además de donaciones de vecinos del área.