Las rejas de una cárcel de Nicaragua se abren y un grupo de reos se prepara para empezar sus clases de teatro, que les sirven, al igual que a su maestro, de escape a sus problemas y como superación personal.

Luego del estridente sonido de las verjas al abrirse y cerrarse, se llega a una sala al aire libre, pero rodeada de altos muros, donde se aprecia algo parecido a un patio de colegio, y allí comienzan las clases los inculpados.

Los reos, con las clases de teatro, han sentido que las penitenciarías dejaron de ser un sitio implantado solo para la condena y se ha convertido ahora en un establecimiento para sobrellevar sus conflictos emocionales y sociales.

Un par de veces a la semana y por unas seis horas, Mick Rolling Sarria, un hombre de unos 35 años, de piel morena y vestimenta sencilla, acude al Sistema Penitenciario de León, a 90 kilómetros al noroeste de Managua, para entrenar a sus particulares alumnos de teatro.

‘El teatro no va a cambiar la realidad, pero creo que sí nos da la posibilidad de crear nuevos mundos’, cuenta a Acan-Efe Sarria.