Alrededor de siete millones de personas han visto un vídeo en YouTube que muestra a un loris perezoso (una especie de primate)  disfrutar de las cosquillas que le hace su dueña . También roza los siete millones de clics uno en el que un  cariñoso oso polar acaricia con ternura a un perro . En otro con más de tres millones de visitas,  un grupo de tigres persigue y caza un dron  como gatos juguetones. Pero en internet las cosas no siempre son lo que parecen y los virales de animales  no son una excepción .

Los loris, nativos de Indonesia, han pagado el precio de ser demasiado adorables. Ahora están en peligro de extinción, no sólo por la deforestación, sino por el tráfico ilegal. Antes de transformarse en mascotas exóticas a las que los turistas puedan hacer cosquillas, estos animales son separados de su familia cuando aún son crías; se les arrancan los incisivos con tenazas o se les cortan con cortauñas para evitar que los futuros dueños se den un baño de realidad y sufran las consecuencias de tener en casa uno de los pocos mamíferos venenosos conocidos.

El paso obligatorio por el dentista puede causar infecciones que resultan mortales en el 90% de los casos. Además, estos animales salvajes no llevan bien la vida en cautividad: sus niveles de estrés aumentan y sufren problemas de salud como diabetes, obesidad, fallos hepáticos y desnutrición. Como pierden sus dientes, la reinserción en la naturaleza se vuelve imposible. Para empeorar su situación, los loris, nocturnos por naturaleza, se ven obligados a compartir las rutinas diarias de sus dueños. Todo esto si sobreviven al transporte, ya que entre un 30 y un 90% no llegan a su destino.

“Las cosquillas son tortura”  es el nombre de una campaña de International Animal Rescue que intenta concienciar sobre la situación de unos primates cuya fama ha crecido a través de YouTube, gifs y memes. Es sólo uno de los ejemplos que muestran cómo internet ayuda a crear una visión ingenua e irreal de los animales hasta el punto de confundir especies salvajes y domésticas y apoyar (sin querer) la explotación con fines turísticos y comerciales.