Instintivamente, el silbido que rompe el silencio del desierto lleva a alzar los ojos al cielo. Un avión caza vuela a ras de suelo, a todo gas, levantando una espesa nube de polvo. En apenas un abrir y cerrar de ojos, una ruidosa flecha cruza de un lado a otro el lago de Hakskeenpan, sin agua, en el extremo norte del desierto del Kalahari sudafricano. Pero hay que aceptar los hechos, lo que acaba de pasar por delante de nuestras narices, a la velocidad de una bala, es un automóvil.
Diseñado y construido por un equipo británico, este bólido, llamado «Bloodhound» -el «sabueso»-, es de lo más puntero. El auto aspira a cruzar la barrera del sonido, batir el récord del mundo de velocidad terrestre (1.223,657 km/h) y, si fuera posible, rozar las 1.000 millas/h (1.600 km/h).
Una estela de polvo sigue flotando por el camino que ha trazado, pero a varios kilómetros de allí, el prototipo ya está parado, con el motor apagado. Tras de sí, sobre la tierra ocre agrietada por el calor, yace el paracaídas que frenó su carrera. Con el casco en la mano, el piloto sale del fuselaje, feliz por su rendimiento.
«Alcanzamos los 904 km/h», explica Andy Green. «A primera hora de la mañana, el impulso era bueno, la brisa permitió que el coche siguiera en línea, el paracaídas se desplegó bien. Vamos, el ensayo ideal». Rápidamente, llevan el vehículo hasta una amplia tienda climatizada levantada a orillas del antiguo lago.
Diseñado exclusivamente para ser veloz, tiene la forma de un largo tubo blanco coronado por un reactor y de un estabilizador vertical de avión caza, sobre cuatro ruedas de aluminio.