En Chigoré de Penonomé, Manuel y su familia enfrentan las consecuencias del sismo que destruyó su vivienda. Mientras esperan ayuda, sobreviven en casa de una vecina y tratan de sobreponerse a las pérdidas materiales y al miedo que aún permanece en sus recuerdos.

Manuel observa en silencio los restos de lo que hasta hace unos días era su hogar. Desde la casa de una vecina, contempla las paredes derrumbadas y los escombros que ahora ocupan el lugar donde transcurría su vida familiar. Su mirada refleja tristeza e impotencia. En cuestión de segundos, el terremoto le arrebató la seguridad de tener un techo propio.

A casi una semana del sismo del pasado 9 de octubre, el recuerdo de aquella tarde sigue intacto. Manuel revive el momento en que la tierra comenzó a temblar, las paredes se movieron y los objetos cayeron a su alrededor. El miedo se apoderó de todos, mientras encontrar una salida se convertía en una carrera por sobrevivir.

“Todo se caía. Pensé que iba a morir. Tuve mucho miedo”, relata con la voz quebrada.

Para Manuel, escapar no era sencillo. Su condición médica le impide caminar y lo mantiene postrado en una cama. Cuando comenzó el movimiento, un familiar tuvo que auxiliarlo y arrastrarlo para ponerlo a salvo. La urgencia no daba tiempo para pensar en las pertenencias ni en lo que quedaría atrás. Lo importante era sobrevivir.
Y lo consiguieron. Sin embargo, al salir de la vivienda, dejaron atrás mucho más que una estructura de paredes y techo.

“Nunca había visto algo tan feo. Tuve mucho miedo”, recuerda.

Una cama entre los escombros

El terremoto no solo destruyó la vivienda de esta familia de la barriada El Carmen, en Chigoré de Penonomé. También se llevó objetos indispensables para su vida cotidiana, entre ellos la cama ortopédica que Manuel utilizaba debido a su condición de salud.

Ahora, sin ese equipo y lejos de las condiciones que necesitaba para sobrellevar sus limitaciones físicas, enfrenta una realidad aún más difícil.

“Hoy estoy durmiendo en una colchoneta. Es muy difícil para mí”, cuenta.

La frase resume una parte de la emergencia que comienza después de que cesan los temblores: la de quienes deben adaptarse a una nueva realidad sin vivienda, con sus pertenencias destruidas y sin saber cuánto tiempo pasará antes de recuperar la estabilidad.

Por ahora, Manuel y sus familiares permanecen en la casa de una vecina que les abrió las puertas para ofrecerles refugio. Pese a sus propias limitaciones, la mujer les brindó un espacio donde resguardarse mientras buscan una salida a su situación.

La solidaridad se ha convertido así en un apoyo fundamental para una familia que, de un momento a otro, tuvo que dejar atrás su hogar.

La tristeza de Andrés

En ese mismo espacio reducido está Andrés, un niño que también experimentó el terror del terremoto. Sus juguetes, su ropa y sus útiles escolares quedaron entre las pertenencias que perdió cuando la vivienda se derrumbó.

Pero más allá de los objetos desaparecidos, lo que más le duele es saber que su casa ya no está.

“No puedo creer que mi casita se haya derrumbado. Estoy muy triste”, expresa.

En sus palabras se refleja una pérdida que va más allá de lo material. Para un niño, la casa representa un lugar de seguridad, descanso y recuerdos. Verla destruida significa enfrentarse a una realidad difícil de comprender, especialmente cuando ocurre de forma tan repentina.

Mientras los adultos intentan resolver cómo reconstruir sus vidas, Andrés debe asimilar que ya no puede regresar al lugar donde tenía sus cosas y desarrollaba su rutina diaria.

La esperanza entre los escombros

Las máquinas ya comenzaron a retirar los restos de las tres viviendas afectadas. Los trabajos avanzan, pero para las familias damnificadas la reconstrucción apenas comienza.

Manuel y los suyos esperan recibir ayuda para volver a contar con una vivienda segura. Su necesidad es inmediata: disponer de un techo propio y de condiciones adecuadas para que Manuel pueda atender sus limitaciones físicas.

La emergencia también deja al descubierto la vulnerabilidad de las familias que, además de perder su casa, deben enfrentar necesidades particulares relacionadas con la salud, la movilidad y el bienestar de los niños.

La historia de esta familia de Chigoré es una de las que dejó el terremoto en las comunidades afectadas. Cada vivienda destruida representa una historia distinta, con recuerdos, pertenencias y proyectos que quedaron interrumpidos por la fuerza de la naturaleza.

A medida que se retiran los escombros, comienza otra tarea, menos visible, pero igualmente importante: ayudar a quienes lo perdieron todo a recuperar la estabilidad y reconstruir su vida.

Manuel, su familia y el pequeño Andrés esperan que la solidaridad se traduzca en una oportunidad para comenzar de nuevo. No piden lujos, sino un lugar seguro donde vivir y la posibilidad de recuperar parte de la tranquilidad que tenían antes del sismo.

Porque la tierra puede sacudir una comunidad en segundos, pero para quienes pierden su hogar, volver a levantarse puede ser un proceso largo, marcado por la incertidumbre, las necesidades y la esperanza de que la ayuda llegue a tiempo.

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