Cada día, miles de panameños libran una batalla que no siempre se ve, pero que deja profundas cicatrices. Es una lucha silenciosa, marcada por la ansiedad, la depresión, la desesperanza y, en los casos más graves, por pensamientos suicidas que avanzan en medio del silencio. En Panamá, la salud mental se ha convertido en una de las crisis más delicadas y urgentes del país.

Los problemas sociales, familiares y, sobre todo, económicos están golpeando con fuerza la estabilidad emocional de una población que, en muchos casos, siente que vive atrapada en un laberinto sin salida. Detrás de cada rostro aparentemente sereno, puede esconderse una historia de dolor, agotamiento y miedo que pocas veces llega a contarse.

Las autoridades de salud y especialistas advierten que los trastornos mentales van en aumento. Se estima que al menos el 10% de la población panameña enfrenta cuadros de depresión o ansiedad, una realidad que se intensificó tras la pandemia de la COVID-19 y que hoy representa uno de los mayores retos para el sistema de salud pública.

Pero más allá de las cifras, lo verdaderamente alarmante son las historias que esas estadísticas no alcanzan a contar. En muchos hogares, la crisis comienza con las deudas, la falta de empleo, la incertidumbre, la presión cotidiana, los conflictos familiares o el aislamiento emocional. Lo que inicia como estrés puede transformarse en una carga insoportable. Y cuando no existe apoyo, algunas personas terminan refugiándose en el alcohol o las drogas, profundizando aún más el deterioro de su salud mental.

Paola, nombre ficticio para resguardar su identidad, todavía habla con dolor de una tragedia que marcó su vida. Un amigo cercano, incapaz de manejar la presión emocional que arrastraba en silencio, tomó la devastadora decisión de quitarse la vida. Como en muchos otros casos, las señales pasaron desapercibidas o no se atendieron a tiempo.

Los especialistas coinciden en que la detección temprana puede marcar la diferencia entre la recuperación y una crisis irreversible. Reconocer los síntomas, hablar del problema y buscar ayuda profesional a tiempo puede salvar vidas. Los tratamientos van desde terapias psicológicas, acompañamiento familiar y medicamentos, hasta intervenciones médicas más complejas en los casos de mayor gravedad.

La crisis no es exclusiva de Panamá. A nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que entre 5.6% y 5.7% de la población sufre trastornos depresivos, mientras que entre 4.4% y 4.5% enfrenta trastornos de ansiedad. Sin embargo, en el contexto panameño, los factores económicos, sociales y familiares parecen estar empujando con más fuerza a miles de personas al límite emocional.

La psiquiatra Juana Herrera señala que las mujeres suelen desarrollar con mayor frecuencia cuadros depresivos, pero son los hombres quienes registran mayores tasas de suicidio. La razón, explica, es que muchos de ellos tienden a callar, a soportar en silencio y a buscar menos ayuda profesional, lo que incrementa el riesgo de desenlaces fatales.

La preocupación también alcanza a la niñez y la adolescencia. En los centros educativos, estudiantes enfrentan problemas emocionales, conductuales y académicos que afectan directamente su desarrollo. A esto se suma el impacto del bullying o acoso escolar, una realidad que puede dejar secuelas profundas cuando no se detecta ni se atiende a tiempo.

Para hacer frente a esta situación, el Ministerio de Educación trabaja a través de los gabinetes psicopedagógicos, donde se brinda orientación a estudiantes y familias. No obstante, especialistas insisten en que la primera línea de defensa sigue estando dentro del hogar: escuchar, observar y mantener una comunicación abierta puede ser determinante para prevenir tragedias.

Otro factor que agrava la situación es la creciente influencia de las redes sociales y el consumo excesivo de contenido digital. Psicólogos advierten que la exposición prolongada a dispositivos tecnológicos, especialmente sin supervisión ni límites, puede afectar de forma seria el bienestar emocional de niños y adolescentes, alterando su autoestima, sus relaciones y su percepción de la realidad.

Ante este panorama, los expertos recomiendan estar atentos a señales de alerta que no deben ignorarse: tristeza persistente, ansiedad constante, cambios bruscos de conducta, aislamiento, irritabilidad, alteraciones del sueño, pérdida de interés en actividades cotidianas o expresiones relacionadas con la desesperanza.

En Panamá, varias instituciones ofrecen atención especializada para quienes atraviesan estas crisis. El Instituto Nacional de Salud Mental, por ejemplo, cuenta con una Unidad de Intervención en Crisis con 10 camas —seis para hombres y cuatro para mujeres— además de un área de corta estancia con 45 camas para pacientes que requieren observación y tratamiento especializado.

La demanda sigue creciendo. Solo en 2025, la consulta externa de Neuropsiquiatría del Centro de Neurociencias de la Caja de Seguro Social reportó alrededor de 1,338 atenciones, una cifra que refleja la presión creciente sobre los servicios de salud mental en el país.

A pesar de los esfuerzos institucionales, los especialistas advierten que todavía persisten enormes desafíos. El estigma continúa siendo uno de los principales enemigos. Muchas personas siguen sintiendo vergüenza de pedir ayuda, temen ser juzgadas o minimizan lo que sienten hasta que la crisis se vuelve insostenible.

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Hoy, la ansiedad, la depresión y los intentos de suicidio figuran entre los diagnósticos más frecuentes en Panamá. La alarma es aún mayor entre los jóvenes de 15 a 28 años, grupo en el que el suicidio se ha convertido en una de las principales causas de muerte, encendiendo las alertas sobre una generación que, muchas veces, sufre en silencio.

Hablar de salud mental ya no puede seguir siendo un tema secundario. Reconocer el dolor, romper el silencio, atender las señales y buscar ayuda profesional a tiempo no solo es importante: puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Porque detrás de cada cifra hay una historia, una familia y una batalla silenciosa que Panamá no puede seguir ignorando.

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