Durante años, Josefa vivió sin saber que tenía tuberculosis latente. No presentaba tos persistente ni fiebre, tampoco se sentía enferma. Sin embargo, la bacteria Mycobacterium tuberculosis estaba presente en su organismo, inactiva, sin causar síntomas visibles. Como ella, muchas de las personas en el mundo conviven con esta forma silenciosa de la enfermedad, lo que mantiene a la tuberculosis como una amenaza vigente para la salud pública.

La tuberculosis es una enfermedad que se propaga de persona a persona a través del aire. Afecta principalmente los pulmones, aunque también puede comprometer órganos como el cerebro, los riñones y la columna vertebral. No todas las personas infectadas desarrollan la enfermedad, lo que dificulta su detección y control oportuno.

Existen dos formas de la enfermedad: la tuberculosis latente, en la que los microbios permanecen vivos pero inactivos, sin síntomas ni capacidad de contagio y la tuberculosis activa, cuando si están activos, provocan síntomas y pueden transmitirse a otras personas. La forma latente requiere tratamiento preventivo para evitar que evolucione a tuberculosis activa.

Los síntomas de la tuberculosis activa incluyen tos por más de tres semanas, tos con sangre o flema, fiebre, sudoración nocturna, pérdida de peso, dolor en el pecho y fatiga. Sin tratamiento oportuno, la enfermedad puede causar daño permanente en los pulmones y propagarse a otros órganos del cuerpo.

Cada año se diagnostican alrededor de 10 millones de casos de tuberculosis en el mundo y la enfermedad cobra la vida de 1.5 millones de personas, a pesar de ser prevenible y curable. En América Latina, la situación se ha agravado: en 2023 se registraron 342 mil nuevos casos y 35 mil muertes, con aumentos significativos en incidencia y mortalidad en los últimos años.

La tuberculosis no es una enfermedad del pasado. Fortalecer la detección temprana, identificar y tratar la tuberculosis latente y garantizar que los pacientes completen sus tratamientos sigue siendo fundamental para frenar su avance.

El tratamiento estándar de la tuberculosis activa requiere unos seis meses de antibióticos y cuando no se completa de forma adecuada, la enfermedad puede volverse resistente y más difícil de tratar. 

En este contexto, los avances médicos y la investigación impulsada por compañías como AstraZeneca han permitido el desarrollo de medicamentos innovadores que reducen la duración del tratamiento a entre uno y tres meses, facilitando la adherencia terapéutica y mejorando los resultados, especialmente en poblaciones de alto riesgo.

Apostar por estas soluciones, junto con educación y acceso oportuno, es clave para evitar que historias como la de Josefa pasen desapercibidas y sigan cobrando vidas en silencio.

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